“La Emilia” es una escuela. Juan Felipe Lara cuenta que la hacienda homónima, de donde le viene el nombre, tiene más de 140 años. “Perteneció a mi abuelo Octavio Lara y a través de mi padre llega a mi generación. Actualmente está bajo mi responsabilidad.

Lo relevante en la Escuela es que participan alrededor de unos 25 niños con hasta 3 maestros dependiendo de la cantidad de alumnos.

Está inscrita en la municipalidad como escuela oficial. Estudian desde primero hasta sexto grado, y siguen un determinado pensum lo suficientemente importante como para que sean aceptados en bachillerato.

Juan Felipe Lara explica:

La idea es que, dentro de un concepto privado, los niños salgan primero con lectura y escritura, lo cual es importante para los niños de las escuelas rurales, que tengan las herramientas básicas: leer, sumar y restar y todo aquello que les dé valía. Y los que continúen hasta sexto grado que tengan la capacidad de incorporarse al sistema.
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Evidentemente digo esto porque la población rural tiene mucho movimiento, dependiendo de donde tengan la cosecha, donde tengan el trabajo. Hay niños que ingresan hoy, están dos años y que luego con sus padres se mudan a otra zona, porque no hay trabajo, o lo lograron en otra zona. 

Así por lo menos se llevan los elementos básicos que les permitan continuar, ya sea su primaria o su bachillerato.

Los niños interrumpen su educación a edad temprana porque empiezan a trabajar muy jóvenes. En la familia rural está intrínsecamente establecido el salario familiar; es decir, el padre trabaja, pero cuando hay oportunidades de cosecha la madre,  si tiene oportunidad, sale a trabajar; y el niño cuando es adolescente puede ayudar a la madre a realizar el trabajo.

Sucede que cuando la madre se incorpora al trabajo, como no tiene con quién dejarlo en la casa, lleva al niño a ayudarla en su trabajo, bien sea de cosecha, de recolección en su propio huerto, o de trabajo temporal, de recolección de tomate u otras frutas y vegetales. El niño va y ayuda a la madre en esa faena.

Y así ingresa al sector familiar y, por supuesto, la capacidad de recolección o de producción de la madre es mucho mayor que la que ella tuviera sola. Sin embargo, las madres que no los quieren llevar, tienen la opción de dejarlos en la casa o en la escuela.

Explica Lara Fernández:

El problema está cuando el padre y la madre deciden que se acabó la cosecha o no se produce, se trasladan a otra población y entonces no se sabe cómo continuar. Pero nosotros hemos visto que en los últimos años hay menor deserción, porque hay menos producción y tampoco hay mucha oferta de trabajo en otros lugares y, entonces, el individuo que está allí ya se asentó porque tiene su conuco, porque tiene su trabajo, y ahí lo cuida y resuelve allí.

 

También yo siento que antiguamente había una mayor atracción hacia las ciudades, pero el campo se ha visto un poco beneficiado porque las ciudades se han vuelto absolutamente inhóspitas, absolutamente inseguras. 

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Tampoco hay trabajo en las ciudades y, entonces como lamentablemente la economía depende de las dádivas del Estado, más bien prefieren estar en las zonas rurales, teniendo sus “conucos” [parcela pequeña de tierra o huerta destinada al cultivo que suele estar administrada por un único agricultor] y van únicamente a las poblaciones a recolectar la poca ayuda que el Estado les da, sean bolsas o lo que fuera. Y vuelven otra vez. Lo importante que sí tienen ellos es el elemento de estar inscritos en alguna zona.

Hay problemas para la gente del campo respecto al pago. Es decir, como no hay el internet, ni hay medios de pago electrónicos junto a escasez de efectivo, en el caso del campo es muy difícil manejar el dinero.  El que está en la montaña, o el que está en la finca, ¿cómo hace para recibir su salario o cómo hace para recibir el pago? Cuando no hay el efectivo ¿cómo se le paga?

No están bancarizados porque la mayoría de esas personas no tienen acceso al banco. Y eso tiene un lado positivo y uno negativo. Lo bueno es que el individuo se está haciendo autónomo en su producción, porque no tiene opción; porque no puede ir al automercado, no hay opción de acudir a otro agricultor porque no tiene efectivo. Entonces de alguna manera entra y hemos visto muchísimo algo que, si bien es una regresión en el sistema, resulta beneficioso porque da una solución: el trueque.

El individuo se lleva dos gallinas y las cambia por dos sacos de maíz o lo que el individuo necesite, porque no tiene otra opción. Los mayores de problemas del campo son la accesibilidad en materia de salud, de comida y de asistencia. Si las ciudades están desabastecidas, uno podrá imaginar cómo está el campo en un país como la Venezuela actual.

Entonces, son pocos los individuos del campo a quienes les llegan las bolsas y las ayudas del Estado, dependen de intermediarios a los cuales ellos comisionan a que se las lleven, y ahí empieza una cosa terrible, que es la intermediación dentro de la ayuda. Eso tiene su precio y si, por ejemplo, quieren efectivo, le quitan el 30%. Por eso, focos como la escuela, elementos de bondad, de cosas muy buenas. Un oasis allí donde abunda la dificultad y la escasez. Explica LAra Fernández:

Mi finca mía está relativamente cerca de las ciudades, no quiero yo imaginarme aquellas que están lejanas y su situación en este tipo de cosas.
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Y era una finca de café, se requería mucha mano de obra para la recolección porque su condición geográfica es de montaña y semiplana. Pero el café se fue desvirtuado por un tema de la regulación del precio. Y entonces, dejó de ser productivo y entonces nadie tiene hoy en día en Venezuela, o muy poca gente tiene café.

 

 


Se requiere una gran mano de obra, la cual era gran solución para el sector campesino porque permitía obtener buenos ingresos durante cuatro meses, que eran justamente los meses de fin de año y resolvían buena parte del año y ahí se mudaban. Luego los que recolectaban café se iban a cortar caña o hacer otras labores agrícolas.

LA EMILIA celebra la Primera Comunión de un grupo de sus alumnos.
Los vecinos y usuarios de la escuela se encargan de mantener el entorno limpio y bien cuidado.
Se preparan las instalaciones para la Comunión. Cada uno pone su grano de arena para que todo se salga bien.
Niñas y niños reciben la Primera Comunión con un sacerdote la zona. Todo en comunidad.
Con mucho orgullo, una familia posa con el sacerdote que les ha dado la Primera Comunicación.
Niños con sus madres y maestras, cumplen un rito que los integra a la familia y a la comunidad.
Y luego a disfrutar de una comida en grupo, con representantes, maestras y miembros de la comunidad religiosa.
Un lugar para aprender en el medio de un hermoso campo.

El otro punto de La Emilia responde a una inquietud que tiene mucha gente: ¿Qué hacer por Venezuela? Pero eso lo trataremos en un artículo por venir.

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